El grupo que crea “agujeros en la música para que por ellos se cuele y observe lo que guste aquél que nos escucha” enamoró al Gayarre en una estancia encima del escenario que apenas duró algo más de noventa minutos. Fue suficiente. Leonor Watling pasó de ejercer de musa e inspiradora de un estilo relajado y desmayado a convertirse en la absoluta dominadora de una noche musical de sugerencias, detalles, sensualidad, elegancia y mucha clase. Marlango es uno de los últimos ejemplos de la madurez musical de este país, que ya lleva un buen tiempo pariendo grupos capaces de defender con absoluta dignidad su propuesta –sin ser simplemente exponentes de un hecho anecdótico/folclórico en el ámbito del pop-rock- desde Tokio a Nueva York, además de poder tener a sus pies a media Europa. Y aunque la música no tenga fronteras, no se ve todos los días a un grupo español con un lenguaje tan internacional como el de Marlango. Afincados en Madrid, crearon desde los primeros segundos un microclima sonoro en el que el tratamiento cariñoso del silencio propició escuchar hasta la respiración de los que te rodeaban. Gran mérito que muy pocos consiguen porque a la postre significa que la capacidad de observación y concentración del respetable ha alcanzado un grado realmente alto al margen de que el recinto también ayude a ello. Con la excelente salvaguarda de una sección rítmica perfectamente engarzada y que supo hacer grande su ausencia de aparente protagonismo –tanto Pablo en el contrabajo como Gonzalo en la batería-, la voz de Leonor tuvo todas las garantías para planear en cada interpretación. Cálido y envolvente, muy limpio de artificio, con un color de mezzo realmente notable pero con margen para llegar a registros de soprano y colarse en los de contralto, el timbre de voz de Leonor engatusó, meció, acarició y flirteó como pocas voces en una cantante de pop que ha absorbido la inspiración de las grandes del jazz y del soul. Y es que Leonor siempre prefirió ronronear a romper, pues así ajustaba milimétricamente con las líneas melódicas y armónicas expuestas por el grupo. Para ello Alex desarrolló una labor sin tacha, buscando la esencia en el acompañamiento en el teclado, siempre la aparente desnudez antes que el adorno espectacular con toda una carga de matices en los primeros compases de los temas y con mil sugerencias y guiños acompañando a una cantante simpática e íntima en sus intervenciones. “Óscar es los pulmones del grupo”, indicó en un determinado momento Leonor. ¡Qué razón!” Más que una unidad parecía toda una sección de viento, a pesar de que entró en pura potencia en temas como el explosivo It’s all right. En el resto, sus líneas melódicas de trompeta resultaron tan deliciosamente elegantes como las expuestas por Alex en los teclados. La guinda cerró filas con horma de guitarra eléctrica en manos de otro estilista del slide y de los efectos muy medidos que responde al nombre de David Gwynn. Fue un tejado perfecto para una casa plagada de tenues y tintineantes colores en el dibujo de un estilo desmayado, de brillantes baladas y hasta de algún efecto como el de la voz con megáfono en la primera estrofa de Enjoy the ride. Además d elos cracks con mayor cadencia –It’s all right y Once upon a time-, capítulo aparte merecieron las personalísimas versiones de El último habitante del planeta de Nacho Mastretta y sobre todo de Semilla Negra. Con esta última el grupo terminó de rendir fieles a ritmo de ese híbrido chachachá enturbiado por mil aromas de smooth jazz. Su música fue como un masaje para el espíritu, primera clase, elegante y sensual. Un placer.