No pocos se
apresuraron a crucificar el debut discográfico
de Marlango. A la osadía de la incursión
musical de una actriz mediática
-y musa almodovariana para más inri-,
venían a decir, se le sumaba la
pretenciosidad de inspirarse en algunos
de los grandes clásicos del siglo
XX. Pero es justo destacar la falta de
afectación y la naturalidad con
la que Leonor Watling y sus compañeros,
que no comparsas, defienden sus canciones.
Es cierto que de la comparación con Ella Fitzgerald, Chet Baker o Tom
Waits saldrían mal parados -¿y quién no?- y que se echa
de menos en sus composiciones el desgarro, el mal vivir que supuran sus referentes,
pero acaso ellos no pretendan engañar a nadie. Más que una recreación
amable del jazz y el soul, lo que propone la formación es un homenaje
a esas músicas desde un planteamiento esencialmente pop. Saben que juegan
en otra liga.
Por primera vez en Sevilla, la Watling -muy metida en su papel, esta vez de
diva humilde y normal- y los suyos (les guste o no, ella es inevitablemente
la imagen del grupo), desgranaron prácticamente todos los temas de su
primer y homónimo disco, incluidas Enjoy the ride, quizá su canción
con más pulso, y Madness -más de uno parecía estar allí sólo
gracias al momento primavera-verano de Marlango-. También un par de
regalos de indudable buen gusto: una versión de Nacho Mastretta -El último
habitante del planeta- y una espléndida Jockey full of bourbon sin el
inefable aire lobuno de Tom Waits, pero...
Mención especial merece la banda que apoya el directo de la formación
y, en concreto, unos Gwynn y Jordan en estado de gracia que con su exquisita
educación musical sabrían llenar por sí solos cualquier
resquicio escénico. Todo ello unido a una voz que ha sabido mirarse
en los mejores espejos y que da más de sí de lo que promete en
estudio.
Pop perezoso, sonidos a media luz, ambientes seductores. Canciones bonitas
y nocturnas en un escenario alejado del mundanal ruido. Una noche agradable.