Una actriz famosa, un pianista
clásico y un trompetista que sabe hacer cócteles. Un nombre robado
de una canción de Tom Waits. Y un disco para escuchar a oscuras.
Un lujoso estudio de grabación en una zona industrial de Madrid. Paredes
cubiertas de madera, suelo enmoquetado y, alrededor de un piano de cola, tres
personas muy diferentes. Una actriz famosa aficionada a emborronar cuadernos con
letras de canciones. Un joven pianista y director de orquesta criado en conservatorios.
Y un trompetista neoyorquino, con el culo pelado de tanto girar con bandas de
blues por Estados Unidos, que además es maestro coctelero. Leonor Watling,
Alejandro Pelayo y Óscar Ybarra. Los tres forman Marlango. Un grupo que
ya es conocido antes de publicar su primer disco. La formación elegida
por la Watling para dar el salto a la música o el proyecto de tres amigos
unidos por Tom Waits y la música con alma.
Los minutos previos a la sesión de fotos arrojan
las primeras pistas sobre el contexto musical de Marlango.
Un loro conectado a Kiss FM descubre que Alejandro, de
32 años, es fan de los Strokes ("Todo esto
es una excusa para hacer pasta y montar un grupo punki"),
y que Leonor, de 28, se sabe letras de Blur, Housemartins
y Cyndi Lauper. Pero cuando él se sienta al piano
y ella se pone a su lado, se arrancan con Tom Waits (I
never talk to strangers). No paran quietos, aunque dicen
estar cansados. La promoción es lo que tiene. "Ayer
hicimos diez entrevistas", dice Alejandro. "Ya
sabes: como la cantante es famosa...".
Leonor frunce el ceño ante el comentario,
pero sabe que, de no ser una actriz famosa, la expectación despertada por
su disco de debut sería mucho menor. "No soy ingenua", dice.
"Esto es algo que ayuda mucho. Mandas la maqueta y todas las discográficas
te contestan, algo que no sucede al 90 % de las bandas. Eso es un privilegio,
pero también hay una trampa. A la mayoría no les interesa nada de
lo que hay detrás. Ni las canciones, ni la idea, ni la música. Sólo
Leonor Watling.
LEONOR. En la casa del barrio madrileño de Prosperidad
donde creció Leonor Ceballos Watling "había música todo
el rato", recuerda. Su padre era español (murió cuando ella
tenía 18 años), su madre es inglesa, y ella es la menor de cuatro
hermanos. Así que las referencias son variadas. A los 18 años, Leonor
cantó por primera vez ante el público de un auditorio. Fue en la
coral de un conservatorio. Por aquel entonces, una lesión de rodilla cambió
su vida. Tuvo que dejar los estudios de danza y empezó a estudiar interpretación.
Y luego, el camino a la fama en el cine: la irrupción con Pablo Llorca
(Jardines colgantes, 1993), las candidaturas a los Goya (La hora de los valientes,
19987; A mi madre le gustan las mujeres, 2002), la tele (Raquel busca su sitio),
Bigas Luna (Son de mar, 2001), Almodóvar (Hable con ella, 2002), etcétera.
Tentaciones.
¿Temes que se te trate como a una intrusa en el mundo de la música?
Leonor
Watling. Yo soy quien soy, y no voy a esconderme. Porque hacer muchas cosas no
es malo. En Inglaterra, cuando dices que eres actriz y que cantas, te preguntan
que qué más haces. Pero en España parece que la multiactividad
genera desconfianza. Yo, en esto, me considero más anglosajona. Pero normalmente
se asocian las csas con lo más cercano que uno tiene. Si oyes que una actriz
canta, lo relacionas con otras referencias.
T. Como Najwa Nimri
L.W. Por
ejemplo. Y lo suyo no se parece en nada a Marlango. Ni la voz ni el estilo. Pero
es normal que pase. Lo difícil es conseguir que la gente escuche el disco
sin prejuicios.
Triunfaba en el cine, pero Leonor seguía cantando.
Lo hizo en una banda llamada La Sociedad Protectora del Soul. Después,
hacía 1998, quedaba los domingos con un grupo de amigos para tocar estándares
de jazz. Y entonces, por segunda vez en su vida, una lesión en una articulación
cambió el rumbo de Leonor. El pianista de aquellas jams tuvo un problema
en el hombro y fue sustituido por un joven músico cántabro, amigo
de un amigo.
ALEJANDRO. El nuevo pianista acababa de llegar de Nueva York,
donde se había ganado la vida haciendo lo que mejor sabe hacer. Desde niño,
la vida de Alejandro Pelayo ha girado en torno a la música. Estudió
la carrera de piano, y luego, composición y dirección de orquesta.
"He dirigido en exámenes y ensayos, aunque nunca con mucho público",
admite. Ha sido pianista en bares, ha animado bodas y bautizos, ha tocado en casinos
y hasta fue organista de los franciscanos en SAntander. En casa se sienta al piano
y compone cada noche: "Me ves a mí vestido con mi esquijama del valle
del Pas, el suelo lleno de partituras, y te preguntas: '¿De dónde
ha salido este inadaptado?".
Pues el inadaptado conectó con la
actriz famosa. Ella le define como "el talento caótico". "Es
tan fértil que se le escapa", dice. "Es superpasional, para bien
y para mal". Empezaron a salir juntos y descubrieron que se compenetraban
musicalmente. "Ella tiene cuadernos llenos de párrafos, estrofas,
pensamientos. Y yo tengo ideas y bucles de acordes a falta de una melodía
y una letra", explica Alejandro.
Asío que fueron grabando canciones
con el piano, la voz y las letras en inglés de Leonor, que es bilingüe.
"Teníamos muchos temas y había que airearlos", recuerda
Alejandro. "Pero necesitas a alguien que te empuje". Y ese alguien fue
su paisano Nacho Mastretta. Un día, Alejandro contactó con él
y le enseñó su material. Lo recuerda Mastretta: "Fue hace cuatro
años en su casa de Chueca. Se interesó por mi estudio casero de
grabación y luego me puso sus canciones. Me pareció una pareja muy
entusiasmada con su proyecto, no comprometidos con la industria, pero sí
con la música. Y los temas me encantaron".
Cargados de ánimo,
Alejandro y Leonor siguieron trabajando. "Completamos el uno el trabajo del
otro", dice él. "Funcionamos como dos japoneses jugando al pimpón,
y de la partida acaba saliendo algo. Pero hace falta un árbitro. Y ese
árbitro es Óscar".
OSCAR. En EE UU, casi todos los músicos
tienen que tener un curro para, entre gira y gira, poder pagar el alquiler. Por
eso Óscar Ybarra, hijo de un guitarrista cubano y una cantante asturiana,
se puso a trabajar en bares de cócteles de Chicago. Ahora es un experimentado
trompetista y, de paso, maestro coctelero.
Nació en Nueva York, ha vivido
en Nueva Jersey, México y Miami, y dice tocar la trompeta "desde los
seis años". Se cdrió en una familia de músicos y siempre
tuvo claro que él lo sería también. Recorrió Norteamérica
de costa a costa tocando con blueseros com Big Time Sarah o Sugar Blue. "Hacía
lo que siempre había querido", dice, "y me pagaban por ello".
En
2002, Óscar llega a Madrid. Monta una coctelería y entra en contacto
con una actriz famosa y un músico de conservatorio que tenían un
puñado de canciones y necesitaban un árbitro. Va tomando forma un
grupo que es bautizado con un nombre evocador.
MARLANGO. Suzie Marlango, hermana de Joe Marlango, va
siempre vestida de angora. Desde el jersey hasta los calcetines.
Tanto, que Tom llega a la conclusión de que la
propia Suzie está hecha de angora. Se ha enamorado
de ella, pero la pierde de vista para siempre. Y ahora,
cada vez que Tom ve una prenda de angora, piensa que es
Suzie Marlango. Esta historia la cuenta Tom Waits antes
de cantar I wish I was in New Orleans en el disco pirata
en directo Cold beer in a hot night. Y de esa historia
tomaron Alejandro, Leonor y Óscar el nombre para
su grupo. "Nos pareció una palabra muy bonita
y musical", explica Alejandro. "Y encima sale
de la boca de Dios".
Alejandro seguía moviendo el material.
Un día se plantó en la discográfica Subterfuge y le puso
las canciones a Carlos Galán, capo del sello, a quien había conocido
a través de Mastretta. "Me encantó: descubrí a una intérprete
de la hostia y dos músicos con mucho talento", recuerda Carlos. "Ellos
sabían que me interesaba, pero entonces yo no me hacía ilusiones:
tenía pocas expectativas de editarlo".
Estudiaron otras ofertas,
pero se decidieron por la independiente. Les convenció el trato: "Carlos
nos dio la pelota y nos dijo: 'Jugad", explica Leonor. En septiembre de 2003
empezaron a ensayar con todos los músicos (batería, guitarras...),
y la última semana del mes se metieron a grabar. Cuatro noches consecutivas
y todos los instrumentos en directo. Al terminar, Leonor se fue a rodar Inconscientes,
de Joaquín Oristrell. Ella y Alejandro rompieron su relación. Pero
Marlango siguió. "Yo creo que no existe la relación de ex novios
como tal", dice Leonor. "Existen la de novios, la de amigos, la de enemigos...".
En su caso parece tratarse de una relación de amigos.
En noviembre se
publicó el single, y al regreso de la actriz remataron el álbum.
Doce canciones de aire nocturno y jazzy construidas a partir del piano y la voz.
Música que no parece el mero entretenimiento de una actriz de moda. "La
primera vez que lo escuche, la gente dirá: 'Es el disco de Leonor",
aventura la cantante. "Pero, con un poco de suerte, la segunda vez igual
dicen: 'Qué suerte ha tenido Leonor de encontrar a estos dos".